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El potaje indigesto del Banco Central Europeo

Autor

  • Stuart Medina

    Stuart Medina es economista y miembro fundador de Red MMT España de la cual fue su presidente entre 2017 y 2019. Actualmente es el presidente de nuestra asociación.

    Ha desarrollado su carrera profesional en el sector biotecnológico donde ha ocupado puestos directivos como controller y director de desarrollo de negocio. Además fundó la consultora Metas Biotech y la empresa biofarmacéutica ProRetina Therapeutics.

    Es autor de dos libros sobre teoría moderna de la moneda: El Leviatán Desencadenado y La moneda del Pueblo.

El post de hoy analiza la reciente decisión del Banco Central Europeo (BCE) de subir los tipos de interés, en respuesta a la subida de los precios del petróleo causados por el bloqueo de Ormuz, que se ha justificado en una teoría económica endeble. Empezaré repasando brevemente las teorías que justifican estas intervenciones del banco central y luego examinamos cómo el BCE llegó a su decisión para concluir que esa decisión es inútil y contraproducente.

La teoría del interés natural

En la teoría neoclásica el tipo de interés desempeña un papel crucial en la regulación de la actividad económica. Knut Wicksell fue quizá uno de los primeros en formular de forma sistemática la ‘teoría del interés natural’. En su libro de 1936 Interest and Prices escribió:

“Existe un nivel determinado de la tasa de interés promedio que es tal que el nivel general de precios no tiende ni al alza ni a la baja. A esto se le llama tasa de interés normal. Su magnitud está determinada por el nivel actual de la tasa natural de capital y sube y baja con ella. Si, por cualquier motivo, la tasa de interés promedio se fija y se mantiene por debajo de este nivel normal, por pequeña que sea la diferencia, los precios subirán y seguirán subiendo; o si ya estaban en proceso de bajar, bajarán más lentamente y finalmente comenzarán a subir. Si, por otro lado, la tasa de interés se mantiene ligeramente por encima del nivel actual de la tasa natural, los precios bajarán de forma continua e indefinida.”  (propia traducción del inglés)

Esta noción del tipo de interés se deriva a su vez de una visión incorrecta de la función de los bancos. En la mismo obra Wicksell explicaba su interpretación sobre el desarrollo del sistema bancario:

«Cuando un hombre no necesita su dinero hasta una fecha determinada en el futuro, (…). Simplemente confía su dinero a un banco, que suele estar en condiciones de prestárselo inmediatamente a otra persona. El dinero sirve como instrumento de cambio y pago, y cuando se acumula en manos de varias personas en cantidades suficientemente grandes, se deposita, por las mismas razones, en otro banco, que lo vuelve a prestar. Y así sucesivamente. De modo que, durante el tiempo en que de otro modo habría permanecido inactivo con su propietario original, cambia de manos y se utiliza para realizar compras, quizás diez o veinte veces.» (propia traducción del inglés)

Esta visión se denomina ‘teoría de los fondos prestables’. Existe un volumen de ahorro, generado en el sector privado, que se canaliza a la inversión a través de los intermediarios financieros. Un aumento de los tipos de interés estimularía a los ahorradores a colocar sus excedentes en un banco para obtener una rentabilidad. Los bancos dispondrían de más fondos para realizar préstamos. Sin embargo, con mayores tipos de interés, los inversores tendrían que pagar más por los préstamos, lo cual supondría un desincentivo para pedir crédito. En el vaivén de la oferta y la demanda se produciría un equilbrio que igualaría oferta y demanda.  Que haya inflación o no dependerá de que ese tipo de interés de mercado sea el «natural» o ‘neutral’. Un tipo de interés demasiado bajo podría desencadenar un exceso de inversión por las empresas que se trasladaría a la demanda generando cuellos de botella y subidas de precios. Como los bancos toman como referencia el tipo de interés del mercado interbancario para determinar los que ofrecen a ahorradores e inversores, sería misión del banco central encontrar ese tipo de interés natural. De esta forma se resume, a mi entender, la teoría que ha permitido a los neoclásicos (la escuela económica dominante) justificar el uso de la política monetaria para regular los precios y la actividad económico.

El Banco Central Europeo, por ejemplo, dedica ímprobos esfuerzos para estimar esa tasa natural de interés.  En su Boletín Económico  nº 1 de 2025 se publican las Estimaciones de la tasa natural para la zona del euro: perspectivas, incertidumbres y limitaciones. Nos informan de que el tipo de interés natural r*

«se define como el tipo de interés real que no es ni expansivo ni contractivo. Las medidas de r* se construyen típicamente como un valor de equilibrio hacia el cual tienden a converger los tipos de interés a medio y largo plazo, a medida que disminuyen los desequilibrios agregados de ahorro e inversión y se disipan las presiones inflacionarias o desinflacionarias que puedan haberse desarrollado como consecuencia de dichos desequilibrios. Estas medidas también proporcionan información sobre el riesgo de que los tipos de interés a corto plazo se vean limitados por su límite inferior efectivo.» (propia traducción del inglés)

Sin embargo, nos advierten

«las medidas disponibles de r* presentan dificultades de medición y especificación del modelo, y son altamente inciertas, reflejando, en distintos grados, la incertidumbre del modelo, los parámetros, los filtros y los datos en tiempo real.

(…)

Dado que r* es inobservable, los economistas recurren a una variedad de modelos para estimarlo.» (propia traducción del inglés)

Lo cual es un reconocimiento vergonzante y tácito de que el BCE practica una pseudociencia similar a la homeopatía, el horóscopo o la alquimia. Los autores del informe publican esta parrafada para reconocer que el tipo de interés natural podría estar en cualquier sitio que el lector puede ahorrarse leer si lo desea.

«Distinguimos cuatro categorías de medidas. La mediana de las medidas basadas en encuestas se indica con la línea roja. Las medidas mostradas en el área azul oscuro se derivan de modelos de la estructura temporal de los tipos de interés. Las derivadas de modelos semiestructurales se muestran en el área amarilla oscura. Finalmente, tres estimaciones derivadas del modelo Holston-Laubach-Williams (HLW) se muestran por separado en el área amarilla clara. Estas últimas medidas no están disponibles para el cuarto trimestre de 2024.[2] Si consideramos únicamente las medidas mostradas en las áreas azul oscuro y amarilla oscura que pudieron actualizarse hasta finales de 2024, las estimaciones más recientes de la r* real abarcan un rango entre -½ % y +½ % (véanse los intervalos azul oscuro y amarillo oscuro correspondientes al cuarto trimestre de 2024 en el Gráfico A).[3] La forma de convertir estas medidas a sus equivalentes nominales depende de cada medida. Algunos modelos producen versiones reales y nominales de r*, mientras que otros estiman solo una versión. En este último caso, el valor faltante debe derivarse sumando o restando el objetivo de inflación a medio plazo del BCE del 2% o las expectativas de inflación a medio plazo consistentes con el modelo a la estimación del modelo. Cuando se tienen en cuenta las tres estimaciones derivadas de las versiones del modelo HLW, el rango de r* real es de -½% a 1% y el rango nominal correspondiente es de 1¾% a 3%.[4] Refiriéndose solo a aquellas medidas incluidas en las áreas azul oscuro y amarillo oscuro para las que se dispone de una actualización hasta finales de 2024, las estimaciones de r* nominal del intervalo más reciente oscilan entre 1¾% y 2¼%. Dadas las incertidumbres de estimación resaltadas en este recuadro, dichos rangos deben considerarse meramente indicativos.» (propia traducción del inglés)

Debajo aporto un gráfico para quienes se quieran ahorrar la lectura que demuestra que puede ser cualquier cosa que se parezca un poco a algún tipo de referencia que genera el BCE. Es decir, los trabajos son básicamente autojustificativos porque, sospechosamente, oscilan en torno al tipo de referencia que marca el BCE.

Esa noción de la tasa natural de interés, si acaso, sería aplicable tan solo a un sistema caduco como el patrón oro. Esa r* no se puede encontrar porque no existe en un sistema monetario de moneda fiduciaria como el actual o, mejor dicho, se encuentra si se sabe dónde buscar. Como explicaron Warren Mosler y Mathew Forstater, hace ya más de 20 años, en un sistema de moneda fiduciaria

  • Los impuestos no financian al gobierno sino que sirven para crear una demanda de la divisa del Estado.
  • El Estado crea la moneda al gastar y por tanto, abona los depósitos de los bancos comerciales en el banco central.
  • Cuanto recauda impuestos, el Estado carga las cuentas de los bancos comerciales en el banco central
  • Un déficit público es el ahorro financiero neto del sector privado.
  • La deuda pública no es más que el residuo de los déficits públicos anteriores, es decir, abonos en cuentas del banco central cuando el gobierno gasta y cargos cuando los contribuyentes pagan sus impuestos.
  • Por tanto, la deuda pública genera depósitos en los bancos comerciales.
  • Esos depósitos pueden ser prestados entre unos bancos y otros. De esta manera los bancos se aseguran de que siempre cuenten con liquidez suficiente para saldar las posiciones que genera el trafico de negocios entre los clientes de los bancos.
  • Muchos bancos se encontrarán con un excedente de reservas que, salvo que el gobierno les ofrezca un depósito remunerado alternativo, no generarán rentabilidad para los bancos.
  • Salvo que el Gobierno emita esos depósitos remunerados (títulos de deuda pública), el tipo de interés del interbancario tenderá a cero.

En conclusión, la tasa natural de interés, en un sistema de moneda fiduciaria en libre flotación es cero. Sin embargo, en el Banco Central Europeo no se han enterado y siguen buscando r* como si fuese el santo grial.

la tasa natural de interés, en un sistema de moneda fiduciaria en libre flotación es cero

Pero, los bancos no funcionan así

Los bancos no funcionan como los describe Wicksell. Lo que describe es el funcionamiento de  un prestamista. Pero un banco comercial no puede prestar los depósitos de sus clientes. Lo que hacen es crear dinero (depósitos) cuando conceden préstamos. Esto lo explicaron en 2014 economistas del Banco de Inglaterra en Money Creation in the Modern Economy. El lector se puede ahorrar la lectura y, en su lugar, ver el siguiente vídeo resumen.

Lo que hacen los bancos es evaluar si el riesgo de un cliente le hace merecedor de recibir un préstamo, es decir, si tiene capacidad de generrar ingresos en el futuro o dispone de activos que pueden garantizar el préstamo. Si es así, el banco generará un pagaré a favor del cliente, el préstamo, y a cambio el cliente genera una serie de pagarés con vencimientos a plazo a favor del banco. Se trata de un proceso de creación de dinero ex nihilo. No hay fondos prestables encauzados de ahorradores a inversores. Sí, los bancos pueden retribuir los depósitos para atraer a clientes de otras entidades y, de esta manera, conseguir un mayor volumen de depósitos en el banco central,  lo cual mejora su liquidez. Pero no para atraer fondos que pueden prestar a los inversores.

En cualquier caso no parece que el tipo de interés sea determinante para las decisiones de los bancos de conceder crédito. En la July 2026 euro area bank lending survey se nos informa de que

«Los bancos de la zona del euro informaron de un endurecimiento neto moderado de los estándares crediticios (directrices internas de los bancos o criterios de aprobación de préstamos).

(…)

Los riesgos percibidos para las perspectivas económicas y la menor tolerancia al riesgo de los bancos siguieron siendo los principales factores que contribuyeron al endurecimiento de las condiciones crediticias, ya que los bancos mantienen una gran atención a los riesgos relacionados con la evolución geopolítica y energética. Los bancos también informaron de un endurecimiento neto de los criterios de concesión de crédito para préstamos hipotecarios y de consumo. En ambos casos, la menor tolerancia al riesgo y la mayor percepción del riesgo por parte de los bancos fueron los principales impulsores de este endurecimiento. Para el tercer trimestre de 2026, los bancos prevén que los criterios de concesión de crédito se endurezcan aún más en todas las categorías de préstamos.» (propia traducción del inglés)

El volumen de crédito no lo regula el tipo de interés, depende de las expectativas de los banqueros y los riesgos que perciben entre sus clientes. ¿Quieren una prueba empírica? Vean cómo en España tuvimos una inmensa burbuja finaniera financida por crédito bancario entre 1999 y 2008 con tipos mayores que los actuales. Contemplen también cómo, con tipos de interés 0 o negativos, el crédito bancario se contrajo enter 2009 y 2015.

Tipo de interés interbancario de la zona euro (EONIA) y crédito al sector privado no financiero de España. Fuente: FRED St. Louis

La teoría de las expectativas

Durante años los economistas han creído que existía una relación inversa entre tasa de desempleo e inflación y que se podía encontrar un balance «aceptable» entre ambas variables. Sin embargo la evidencia empírica recopilada demostraba que esa relación era inestable. Coincidiendo con los shocks del petróelo de los 70 y 80, la curva parecia desplazarse. Posteriormente, durante la era neoliberal los salarios se han estancado y esa disyuntiva salarios-precios ha dejado de existir.

Huérfanos de una teoría satisfactoria que ayudara a los economistas a gestionar la inflación a partir de los años 60 se desarrolló la teoría de las expectativas, la idea de que la inflación esperada por hogares y empresas es un determinante clave de la inflación real.

La curva de Phillips fue descartada por los proponentes de la teoría de la tasa de desempleo natural, como Milton Friedman o Phelps . Ya ven que la economía neoclásica es aficionada a encontrar variables inobservables y llamarlas «naturales». Cualquier intento de bajar el desempleo de ese nivel «natural» resultaría en una aceleración de la inflación. Incorporar la inflación esperada es un truco conveniente que permite explicar la inconsistencia temporal: al principio los trabajadores pueden dejarse llevar por una ilusión monetaria y creer que sus subidas salarias son reales. Pero tarde o temprano se darían cuenta del engaño y abandonarían el mercado de trabajos aquellos que prefieren el ocio a los salarios vigentes. Sí, según estos economistas, no estás en el paro. Lo que te pasa es que, a los salarios vigentes, no te apetece trabajar. Da igual que suban los sueldos. Tú ya tienes la expectativa de que los precios subirán más y prefieres seguir jugando a la Play. Estamos en pleno empleo lo cual exime a los políticos de hacer nada. ¡Muerto el perro se acabó la rabia!

Nuestro clown neoclásico se burla de esta teoría en este vídeo.

Otros utilizaron las expectativas también servían para explicar la inestabilidad observada en la curva de Phillips y los cambios en la persistencia de la inflación medida a lo largo del tiempo. Parecía un apaño razonable a una teoría que hacía aguas por todas partes. No era realmente útil pero los bancos centrales no tenían otra cosa mejor.

No tenemos una teoría operativa de la inflación

En un gesto de honradez, Daniel Tarullo, exgobernador del consejo de la Reserva Federal de los EEUU publicó un trabajo titulado, Monetary Policy Without a Working Theory of Inflation (Política monetaria sin una teoría de la inflación operativa). Nos dice Tarullo sobre las teorías que utilizan los bancos centrales para guiar su gestión:

«Aquí es donde entran en juego los factores no observables. Las predicciones que hacen los miembros del FOMC sobre el futuro cercano (o casi cercano) se basan sustancialmente en una serie de datos que son impracticables de medir directamente y en una serie de parámetros que no se pueden observar en absoluto. El primer tipo de factor no observable, que incluye datos sobre variables como el crecimiento de la productividad y la tasa de ahorro, se deriva de medidas observables. La productividad laboral, por ejemplo, se calcula a partir de series de datos sobre la cantidad de mano de obra empleada (horas trabajadas) y la producción total de bienes y servicios. La tasa de ahorro personal se calcula restando el gasto personal observado y los impuestos de los ingresos personales observados.

(…)

El segundo grupo de variables no observables se compone de parámetros que no son datos en absoluto, sino constructos conceptuales. De este grupo, me centraré en los siguientes conceptos que se incorporan efectivamente a tres de las cuatro proyecciones a largo plazo que cada participante del FOMC realiza trimestralmente y que ahora se publican en el Resumen de Proyecciones Económicas (SEP) que acompaña al comunicado del FOMC en marzo, junio, septiembre y diciembre: (1) el crecimiento potencial del PIB, (2) la tasa natural de desempleo y (3) el tipo de interés real neutral o de equilibrio, denominado convencionalmente como r*.» (propia traducción del inglés)

Tarullo también hace referencia a la cuestionable relación entre desempleo y tasa de inflación (la célebre curva de Philips) que ya hemos criticado anteriormente y que no abordaré aquí.

Por última critica la teoría de las expectativas de inflación.

«Las expectativas de inflación constituyen un tercer tipo de variable inobservable, y posiblemente único. Al igual que el primer tipo, son un tipo de datos difíciles de observar directamente. Como su nombre indica, generalmente se describen simplemente como las expectativas del público sobre dónde se situará la inflación en algún momento futuro. Pero a diferencia del primer tipo de variable inobservable, o incluso del segundo, no son simplemente un factor o parámetro que ayude a determinar la trayectoria probable de la economía con una política monetaria determinada. En cambio, se cree que ejercen un efecto directo sobre la tasa de inflación en la economía y, lo que es más importante para los fines que nos ocupan, que están significativamente bajo el control del banco central.

El papel que se le atribuye a las expectativas de inflación se ha vuelto crucial para el análisis de la dinámica inflacionaria por parte de los bancos centrales: «Expectativas de inflación bien ancladas» es una frase que resuena en los pasillos y en la sala de juntas de la Reserva Federal. Llegué a apreciar el concepto y todo el trabajo de los investigadores económicos y los responsables políticos que lo sustentan. Pero gran parte de esa investigación refleja las numerosas lagunas que existen en la teoría de las expectativas de inflación. Si cabe, existen aún más lagunas en la comprensión de los aspectos prácticos de cómo utilizar las expectativas de inflación como un determinante clave de las decisiones de política monetaria en tiempo real.» (propia traducción del inglés)

En su trabajo Tarullo acaba reconociendo que

«El uso de las reglas de política monetaria como base obligatoria, o incluso presuntiva, para la política monetaria es desaconsejable.» (propia traducción del inglés)

Otro arrepentimiento importante es el de Jeremy Rudd (2021) quien en un trabajo titulado Why Do We Think That Inflation Expectations Matter for Inflation? (And Should We?) hace un repaso crítico a los modelos teóricos y la evidencia empírica que apoyan la teoría del interés natural. El artículo es muy técnico, así que leanlo si tienen ganas de perder el tiempo, pero Rudd acaba concluyendo

«Lo que creo (…) es que la presencia de la inflación esperada en estos modelos proporciona, esencialmente, la única justificación para la opinión generalizada de que las expectativas sí influyen en la inflación. En otras palabras, en lugar de servir simplemente como un postulado plausible que, una vez invocado, permite a un teórico analizar otras cuestiones interesantes, los términos de inflación esperada en estos modelos se han reificado en una supuesta característica de la realidad que «todo el mundo sabe» que existe. Y esta apoteosis se ha producido con escasa evidencia directa, prácticamente sin examen de alternativas que pudieran ajustarse de manera similar a los hechos disponibles, y sin ninguna introspección sobre si tiene sentido utilizar los supuestos particulares o las implicaciones derivadas de un modelo teórico para fundamentar nuestras ideas previas (especialmente cuando los supuestos auxiliares del modelo son tan inverosímiles y cuando las pocas predicciones claras que hace están tan en desacuerdo con la evidencia empírica disponible).» (propia traducción del inglés)

Como dice Warren Mosler, los gobernadores de los bancos centrales creen que están al volante del vehículo, pero ese volante no está conectado a las ruedas, imagen a la que recurrió nuestro compañero Gonzalo Martínez Mosquera en la tapa de su libro.

El análisis del BCE

Armados con esta teoría, los economistas del Banco Central Europeo pueden justificar su decisión de elevar los tipos de interés. En su última decisión de 11 de junio de 2026, el

«Consejo de Gobierno ha decidido subir los tres tipos de interés oficiales del BCE en 25 puntos básicos. La guerra en Oriente Próximo está generando presiones inflacionistas y la decisión de aumentar los tipos de interés es adecuada en los diferentes escenarios que analizan la posible evolución de la perturbación y su impacto en las perspectivas a medio plazo para la zona del euro.

(…)

En consecuencia, los tipos de interés aplicables a la facilidad de depósito, a las operaciones principales de financiación y a la facilidad marginal de crédito aumentarán hasta el 2,25 %, el 2,40 % y el 2,65 %, respectivamente, con efectos a partir del 17 de junio de 2026.»

No hay una explicación razonada de esta decisión salvo que un conflicto bélico está provocando tensiones inflacionistas. Para entender la decisión hay que ir a las notas de la reunión del previa del Consejo de Gobierno, cuyos integrantes se pasaron dos días —generosamente retribuidos con dietas, emolumentos y ágapes— debatiendo en profundidad la situación económica. El documento es tediosamente largo y sólo recojo estas conclusiones:

«En general, el aumento de los precios de la energía derivado de la guerra actuaba como una perturbación negativa de la oferta cada vez más persistente, ejerciendo presión al alza sobre la inflación y a la baja sobre el crecimiento económico. En este contexto, las perspectivas de crecimiento se habían debilitado, especialmente en comparación con las proyecciones del personal de diciembre de 2025, publicadas antes del inicio de la guerra, y también en comparación con las proyecciones del personal de marzo de 2026. Estas perspectivas seguían siendo frágiles y estaban rodeadas de un alto grado de incertidumbre, con riesgos a la baja. En el escenario base de las proyecciones de junio de 2026, el personal preveía un crecimiento económico promedio del 0,8 % en 2026, del 1,2 % en 2027 y del 1,5 % en 2028.

(…)

No obstante, las perspectivas de crecimiento —especialmente para 2026— se consideraban lentas. Sin embargo, seguían respaldadas por el continuo aumento de los ingresos nominales, el ahorro acumulado, la resiliencia del mercado laboral, la inversión en inteligencia artificial y el gasto público en defensa e infraestructura. También se argumentó que la economía de la zona euro se había vuelto más adaptable a las crisis energéticas, lo que reflejaba su menor dependencia de los combustibles fósiles.

(…)

Sin embargo, se señaló que podrían existir algunos riesgos a la baja para la inversión. En particular, la sucesión continua de crisis de oferta adversas y la persistente incertidumbre podrían hacer que las empresas lo pensaran dos veces antes de invertir; el cierre del estrecho de Ormuz podría limitar la inversión en IA si la disponibilidad de helio se viera aún más afectada; y el endurecimiento de las condiciones crediticias podría perjudicar la inversión en general.

(…)

Si bien el principal factor que impulsaba la inflación seguía siendo el aumento sostenido de los precios del petróleo, vinculado al conflicto en Oriente Medio y al cierre o la interrupción de rutas de suministro clave, la revisión al alza de la inflación no energética en las proyecciones se interpretó como un indicio de que los efectos indirectos de la crisis del petróleo eran más amplios y persistentes de lo que se había estimado previamente.» (propia traducción del inglés)

El Consejo de Gobierno entiende que las tensiones inflacionarias se deben a un schock de oferta que las empresas empiezan a trasladar a precios finales. No había que ser Einstein para darse cuenta que Trump, entrando como un elefante en la cacharrería del estrecho de Ormuz, tendría este efecto. Pero ¿realmente podemos hacer algo para remediarlo más que aceptar que hay un incremento de costes que se tiene que reflejar tarde o temprano en los precios finales?

¿Qué motiva al Banco Central Europeo a subir los tipos de interés?

Una persona sensata conluiría que no. Sin embargo, el Consejo de Gobierno piensa que sí puede hacer algo: subir los tipos de interés, una variable distributiva (porque distribuye rentas hacia arriba), que no puede conseguir ningún efecto sobre los precios más que encarecerlos aún más. Lo razonan así.

«…. la política monetaria debía reaccionar a la información disponible y, en particular, a la desviación proyectada de la inflación respecto al objetivo del 2 % a medio plazo, a medida que el impacto de la subida de los precios de la energía se extendía a otros componentes de la cesta de consumo. Esta acción debería contribuir a contener los efectos indirectos y los riesgos de efectos de segunda ronda derivados del impacto energético. Además, debería reforzar la credibilidad del compromiso del BCE con la estabilidad de precios, especialmente ante las elevadas y crecientes expectativas de inflación a corto plazo, y garantizar que las expectativas de inflación a medio y largo plazo se mantuvieran bien ancladas, (énfasis en negrita añadido) teniendo en cuenta también la comprensión por parte de los participantes del mercado de la función de reacción del Consejo de Gobierno. Tampoco existía actualmente ningún conflicto entre las consideraciones de estabilidad financiera y la política monetaria. La subida de los tipos de interés en 25 puntos básicos en este momento era coherente con la estrategia de un ajuste moderado de la política en respuesta a un impacto de la oferta que generaba un desvío considerable, aunque no demasiado persistente, del objetivo de inflación. Esta medida permitiría que el Consejo de Gobierno siguiera estando en una buena posición para afrontar la incertidumbre provocada por la guerra, evaluar los datos que se avecinan y mantener la flexibilidad para futuras reuniones. » (propia traducción del inglés)

Es decir, el BCE sube los tipos de interés para señalar al mercado que actuará con decisión ante un cambio de las expectativas. Dicho en román paladino, se trata de demostrar que en el BCE tienen pelotas.

Es esta actitud de la que se mofaba el Clown Neoclásico en su personaje Wolfgang Von Wagen.

Conclusión

Los economistas neoclásicos sólo han conseguido un potaje de teorías confusas, basadas en variables inobservables imposibles de estimar, para justificar medidas socialmente regresivas

Una base teórica endeble sirve para justificar una decisión que no arreglará la raíz del problema pero sí que tendrá consecuencias nocivas para la distribución de la renta: más renta para los ricos, hipotecas y préstamos más caros para los demás.

Los economistas neoclásicos han elaborado una teoría que justificara entregar la gestión del ciclo económio y de los precios a tecnócratas armados de sofisticadas herramientas de análisis econométrico perfectamente inútiles, y de un único instrumento sencillo, el tipo de interés (para el martillo, todo es clavo). Había que dotar a estos bancos centrales de una legitimación teórica y técnica pero los economistas neoclásicos sólo han conseguido un potaje indigesto de teorías confusas, basadas en variables inobservables imposibles de estimar, para justificar medidas socialmente regresivas.

Para evitar el escrutinido de la sociedad se declara sacrosanta e inviolable la independencia del banco central. Se trata de otorgar a las vírgenes vestales del BCE plena inmunidad para sus rituales perversos. Crear una entidad «independiente» fuera del control político no sirve para gestionar eficazmente nuestra economía sino para imponer políticas de austeridad. En El orden del capital, Clara Mattei remonta el origen de los bancos centrales, como entidades independientes gestionadas por tecnócratas, a las conferencias de Bruselas de 1919 y Génova de 1922, organizadas después de la Primera Guerra Mundial. Su propósito fue recuperar la iniciativa para el orden económico capitalista ante la creciente amenaza de una clase trabajadora envalentonada por la situación de pleno empleo generada por el conflicto y un sentimiento de deuda moral que le compensase por los sacrificios asumidos durante la guerra. En la cumbre de Bruselas al gobernador del Banco de Inglaterrea, Brian Cokeney, Barón Cullen of Ashbourne, señaló el camino a seguir: colocar la emisión de la moneda de papel fuera del control del Estado. Mattei también cita al banquero central holandés Vissering.

«Un gobierno nacional o municipal  quizá podría ser impotente contra tal presión por parte de los empleados, porque éstos pueden ejercer su influencia política sobre el gobierno nacional (…) [mientras que]  una institución bancaria independiente no tendría que permitir ser manejado al antojo de ningún poder ejercido por los empleados (propia traducción del inglés)«

Un banco central independiente permitiría evitar el control democrático para imponer el programa de austeridad que quebraría el espinazo de la clase trabajadora.

La teoría, la institución del banco central y los tecnócratas escandalosamente bien remunerados por tomar decisiones inútiles, cuando no lesivas para la sociedad, deben ser desechados.

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