Teoría

¿Qué es un banco?

Autor

  • Stuart Medina

    Stuart Medina es economista y miembro fundador de Red MMT España de la cual fue su presidente entre 2017 y 2019. Actualmente es el presidente de nuestra asociación.

    Ha desarrollado su carrera profesional en el sector biotecnológico donde ha ocupado puestos directivos como controller y director de desarrollo de negocio. Además fundó la consultora Metas Biotech y la empresa biofarmacéutica ProRetina Therapeutics.

    Es autor de dos libros sobre teoría moderna de la moneda: El Leviatán Desencadenado y La moneda del Pueblo.

Las creencias populares sobre el funcionamiento de los bancos no se corresponden con la realidad de los sistemas bancarios modernos. Frente a lo que se suele pensar, un banco no capta fondos de los ahorradores y los presta a otros individuos o empresas. Esta imagen popular se corresponde más bien con la operativa de un prestamista que presta a intereses usurarios.

La impresión errada de que un banco capta fondos de ahorradores y los canaliza hacia los inversores procede de una consecuencia de su actividad. Por una parte los bancos facilitan fondos a quienes quieren o necesitan gastar más de lo que ingresan. Este gasto puede destinarse a financiar una inversión productiva, el fondo de comercio de una empresa (existencias de mercaderías, trabajo en curso, saldo de clientes, etc…) o un gasto en consumo. Por otra parte, esta actividad genera pasivos financieros del banco en los que otros agentes pueden materializar su deseo de ahorrar.

Lo que hace un banco es intermediar en el crédito. Un banco debe determinar si un cliente será capaz de reintegrar en el futuro el principal de un préstamo además de los intereses de donde salen los beneficios del banco. Si se trata de una inversión productiva (en equipamiento industrial, por ejemplo) el banco tendrá que estudiar la rentabilidad del negocio del prestatario. Si el banco es prudente debe cerciorarse de que el cliente generará en el futuro cobros que superarán sus pagos por el uso de factores productivos y sus compras, es decir, un flujo de efectivo positivo. El banco puede entender que durante un tiempo un nuevo negocio puede necesitar una renovación del crédito al vencimiento del préstamo pero en algún momento del futuro los flujos de caja de su cliente deben ser capaces de validar la decisión de inversión tomada hoy. Alternativamente el cliente puede tener una posición en algún activo que puede aportar en garantía y que podría realizarse en el mercado rápidamente para saldar la deuda, tal como una cartera de valores o una propiedad inmobiliaria. Si el dinero se destina a adquirir bienes de consumo el banquero debe asegurarse de que el deudor tiene una fuente de ingresos que le permitirá amortizar el préstamo en el futuro y pagar los intereses. Por ejemplo un préstamo hipotecario financia la compra de una vivienda que no generará flujos de caja a su propietario. Por eso el banco solo debería conceder un préstamo hipotecario a un deudor que cuente con ingresos regulares procedentes de otras fuentes, normalmente un salario que le permitirán atender el pago de sus cuotas de forma periódica. Un banquero prudente procurará que las cuotas hipotecarias no excedan de un porcentaje de los ingresos de su cliente para no comprometer la sostenibilidad financiera de ese hogar.

En definitiva un banco evalúa a cada uno de sus clientes y determina si es merecedor o no de la confianza. El banco funciona como una entidad en la que confían los demás agentes de la economía. Si un cliente es digno de crédito o aporta suficientes garantías en forma de avales, bienes pignorados o activos inmobiliarios hipotecables el banco le abrirá una línea de crédito, le dará una tarjeta de crédito o constituirá un préstamo a su favor. Cuando el banco decide conceder un préstamo simplemente hace un apunte contable. Por una parte anotará en el activo de su balance la apertura del préstamo a favor de su cliente y en el haber apuntará una cantidad idéntica en una cuenta de depósito de su cliente. Este es el proceso instantáneo de creación del dinero bancario. No ha sido necesario captar fondos de un tercero ni tampoco se han prestado reservas obtenidas del banco central.

El cliente utilizará ese nuevo poder de compra para pagar a sus proveedores. Estos fondos acabarán por tanto en cuentas corrientes de otros agentes. Los demás agentes aceptan en pago ese nuevo poder de compra y están dispuestos a encauzar bienes y servicios —recursos reales— hacia el cliente del banco. Lo hacen en primer lugar porque confían a su vez en la solvencia de la entidad bancaria. En segundo lugar, porque hay un seguro de garantía de depósitos que garantiza a un individuo que recuperará su dinero incluso aunque el banco se volviera insolvente o quebrara. En tercer lugar, porque saben que en los sistemas bancarios modernos los bancos centrales están dispuestos a facilitar líneas de liquidez de emergencia a los bancos. Además, los bancos mantienen posiciones en títulos cotizados de alta calificación crediticia en sus balances para el caso de que necesiten generar liquidez inmediatamente. Los bancos centrales están dispuestos a comprar estos títulos y de esta manera ayudan a mantener la solvencia y liquidez de un banco en apuros. En definitiva es el respaldo del estado y su disposición a compartir su monopolio de emisión con los bancos el que permite que el dinero de éstos tenga la máxima aceptación.

Aunque la mayor parte del dinero que emplea el sector privado es dinero bancario éste tiene un rango inferior al dinero del Estado. Los pagos entre bancos se hacen a través del banco central, mediante cargos y agonos en los depósitos que aquéllos manienten en esta entidad del Estado. Sin el apoyo del banco central nada garantiza que el dinero de un banco cotice a la par con el dinero del Estado. El banco central está dispuesto a aceptar que las pagos de tributos que los ciudadanos hacen a través de su banco privado, utilizando dinero bancario (depósitos en cuentas corrientes), se reconozcan 1:1 en valor de dinero del Estado. Parece obvio, porque estamos acostumbrados a que así sea. Pero, en el siglo XIX, cuando los bancos centrales no supervisaban el sistema bancario, no era infrecuente que el dinero de entidades poco solventes o expuestos a corridas bancarias, cotizaran con descuento sobre su valor nominal.

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