Los comentaristas de la prensa nacional lamentan el humillante acuerdo alcanzado por Von der Leyen con Trump (Véanse aquí los titulares de El País y El Mundo). Como es habitual, desde Red MMT vamos a matizar la opinión mayoritaria que, al fin y al cabo, parte de nociones neoclásicas sobre el comercio exterior.
Analicemos someramente el acuerdo alcanzado que puede consultarse con mayor detalle en la página web de la Comisión Europea.
- El acuerdo establece un arancel general máximo del 15% sobre todos los bienes de la UE salvo cuando el arancel de la nación más favorecida por EEUU exceda de ese porcentaje aplicándose entonces el más elevado.
- Se rebaja al 15% el arancel del 25% inicialmente impuesto sobre las exportaciones de automóviles y componentes.
- Aplica el techo del 15% también a los fármacos y semiconductores, incluidos los de la “sección 232” que podrían someterse a aranceles adicionales una vez concluido un estudio sobre el impacto sobre la seguridad nacional de algunos de éstos.
- Se reducen a niveles previos a la guerra arancelaria de Trump los aranceles sobre aviones y componentes de la industria aeronáutica, algunos productos químicos, medicamentos genéricos y recursos naturales.
- Se establece un marco conjunto para proteger los sectores del acero, aluminio y cobre de la competencia desleal.
- Liberalización del comercio de interés mutuo:
- Bienes industriales
- Acceso al mercado de la UE de cantidades limitadas de la industria pesquera de EEUU.
- Mejora del acceso de productos agrícolas de EEUU.
- Reducción de barreras no arancelarias como los estándares automovilísticos y los medidas fitosanitarias.
- Importación de gas natural, petróleo y productos de la energía nuclear de EEUU para sustituir al gas y petróleo rusos.
- Compra de chips de IA por 40 mil millones € para mantener la ventaja tecnológica de la UE.
- Promoción de inversiones mutuas a ambos lados del Atlántico. Se espera una inversión europea por valor de 600 mm $ antes de 2029.
La Comisión Europea justifica el acuerdo porque «restablece la estabilidad y la previsibilidad para los ciudadanos y negocios a ambos lados del Atlántico» y «asegura el acceso continuado a las exportaciones de la UE al mercado de EEUU (…) protegiendo empleos». Siendo honestos, si el acuerdo sirviera para mejorar los salarios reales de los españoles o proteger al consumidor de productos de mala calidad podríamos aceptar que beneficia a los ciudadanos. Pero, en realidad lo que le preocupaba a Von der Leyen eran las exportaciones de los negocios. Mejor un 15% de aranceles que el 30% con el que amenazó Trump la semana pasada o el 25% que ya habían aprobado para automóviles. Victoria pírrica en todo caso porque, al mismo tiempo el dólar se ha depreciado un 15% frente al euro y, por tanto, los precios aumentarán para los estadounidenses en un 30%.
Siendo honestos, si el acuerdo sirviera para mejorar los salarios reales de los españoles o proteger al consumidor de productos de mala calidad podríamos aceptar que beneficia a los ciudadanos. Pero, en realidad lo que le preocupaba a Von der Leyen eran las exportaciones de los negocios.
¿Un acuerdo humillante? Quizá. Pero si la UE no hubiese planteado como única estrategia de crecimiento el mercantilismo entonces Ursula Von der Leyen podría haber defendido mejor los intereses de la ciudadanía en lugar de buscar desesperadamente un acuerdo que mantuviera las exportaciones de las grandes empresas, sobre todo de las industrias automovilística y aeronáutica.
Como habría explicado Kalecki, el superávit comercial es una vía de generar una demanda que no surge de la economía doméstica porque se aplican políticas de represión salarial. Es, por tanto, una estrategia para garantizar a los capitalistas los beneficios que los magros salarios domésticos harían imposible sin acceder al mercado exterior.
Desde el pensamiento dominante es positivo que un país mantenga un superávit permanente y se defiende el modelo mercantilista, reflejo de supuestas virtudes franciscanas de eficiencia y sobriedad.
En contraste, desde la TMM hemos explicado que la razón para participar en el comercio internacional es acceder a más bienes y servicios de los que es capaz de producir la economía. Por tanto, las importaciones son un beneficio real y las exportaciones el coste que tenemos que incurrir para acceder a esos bienes y servicios que producen otros países. Esto no obsta para tomar en consideración prioridades estratégicas o políticas de desarrollo o la protección de un tejido industrial valioso. Pero, por ahora ciñámonos a la idea principal: importaciones=beneficio real; exportaciones=coste real. Un superávit comercial solo sirve para suministrar activos financieros creados por el resto del mundo a las cajas de los exportadores.
Como explica Michael Pettis, un autor que parte de un análisis neoclásico, las guerras comerciales son guerras de clase. Las políticas mercantilistas tratan de asegurar beneficios para los empresarios gracias a políticas fiscales y económicas que impiden el pleno empleo o debilitan la capacidad de negociación de las clases trabajadoras. Recuerden que la salida que nos propuso la Comisión Europea a la crisis económica española de 2009-2013 fue la devaluación interna, es decir, bajar salarios.
Ursula von der Leyen tenía malas cartas y negoció el mejor acuerdo posible para el mercantilismo. Este acuerdo continúa la guerra de clase de los exportadores, mimados por la UE, contra la clase trabajadora. La Comisión Europea ha priorizado mantener el acceso al mercado de EEUU para las grandes empresas de los sectores automovilístico, aeronáutico y farmacéutico sobre la protección de la salud y seguridad de los consumidores al eliminar barreras no arancelarias que básicamente definían estándares de calidad en alimentos y automóviles superiores. Nos preocupa la relajación en los estándares de seguridad alimentaria. No sabemos en qué quedará el acuerdo definitivo pero quizá acabemos viendo carnes de vacuno hormonadas o alimentos con conservantes y aditivos prohibidos aquí porque son perjudiciales para la salud. Ésta es la principal humillación que ha asumido Von der Leyen en detrimento de los consumidores europeos. No obstante, creemos que Trump se llevará un chasco con los automóviles: los coches estadounidenses se venden mal aquí porque ni cumplen con las expectativas de los consumidores europeos ni realmente están pensados para el urbanismo europeo.
El acuerdo sobre las importaciones de gas nos parece que va dirigido a asegurar que Alemania no tenga que depender de las importaciones de combustibles fósiles de Rusia que perdió tras la voladura de Nordstream y el cierre de suministro con el inicio de la guerra de Ucrania. A Ursula le preocupa más la seguridad energética alemana, obviamente.
Ahora bien, la humillación mayor es para el ciudadano de EEUU. Los aranceles son un impuesto, regresivo, como casi todos los impuestos indirectos, que va a recaer sobre los consumidores de ese país. El nivel de vida real de muchos ciudadanos americanos se va a resentir cuando comprueben que algunos productos que podían comprar a bajo precio ahora suben. Un informe de J.P. Morgan ya recoge el impacto gradual e insidioso de esos aranceles sobre los precios finales sobre todo en muebles y electrodomésticos.
Menos bienes; más caros. Trump le da una patada a los europeos en el culo de los ciudadanos de EEUU.

Evolución del IPC en EEUU. Fuente: https://www.jpmorgan.com/insights/outlook/economic-outlook/cpi-report-june-2025#section-header
Sin una estrategia industrial bien armada parece improbable que la producción se repatríe a EEUU, tal como pretendía Trump, por lo que, probablemente, la mayor parte del impacto de los aranceles se traslade a precios. Otra parte del impacto se reflejará en menores cantidades adquiridas del exterior. Menos bienes; más caros. Trump le da una patada a los europeos en el culo de los ciudadanos de EEUU.
Para Europa la pérdida de algunas exportaciones a EEUU puede tener un impacto aunque irá por barrios y no será dramático, en nuestra opinión. Algunos exportadores quizá decidan absorber parte del coste arancelario con rebajas de precios para no perder cuota de mercado. Otros quizá renuncien a exportar. Es posible que la pérdida parcial de mercados y márgenes tenga algún impacto en el empleo europeo. Sin embargo, una política fiscal expansiva podría ayudar a suavizar el impacto generando mayor demanda en las economías europeas.
Si renunciamos al modelo neomercantilista no dependeremos, como un toxicómano de su droga, de las exportaciones y podremos plantarnos ante las exigencias de EEUU para eliminar las barreras no arancelarias que protegen al consumidor.
La guerra arancelaria de Trump podría ser una oportunidad para replantear el modelo de crecimiento europeo. Es hora de que los Estados europeos superen el marco de las reglas fiscales y trabajen por avanzar hacia el pleno empleo, con empleo público si fuere menester. ¿Para qué? Para que los salarios se recuperen, la participación en beneficios de la renta nacional caiga y nuestro crecimiento dependa más de la demanda interna. Si renunciamos al modelo neomercantilista no dependeremos, como un toxicómano de su droga, de las exportaciones y podremos plantarnos ante las exigencias de EEUU para eliminar las barreras no arancelarias que protegen al consumidor. Ante esta coyuntura ¿aprenderán las élites europeas la lección?
