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El Supraestado que salvó al mendaz mesías AnCap

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Publicado originalmente en The Disobedient Model en Medium.

I. Introducción: Una ciudad de Piedra y sombras

Hoy paseé por Buenos Aires.

Sus bulevares todavía reflejan la ambición de un pueblo que antaño creyó en la grandeza —avenidas anchas como los sueños de Perón, edificios elevados con el orgullo de una prosperidad pasada, plazas diseñadas no sólo para el tráfico, sino para el testimonio. Es una ciudad que se construyó no para la austeridad, sino para la grandeza y la memoria— para la presencia y el orgullo colectivos.

Pero, bajo esa belleza, se extendían las sombras. No las proyectadas por los edificios — sino por cuerpos. Figuras acurrucadas bajo fachadas marmóreas, envueltas en plástico, zambulléndose en los cubos de basura, ojos abiertos de frío. Seres humanos, recién exiliados de un contrato social que otrora prometía mucho más.

Al contemplarlos comprendía la mentira más cruel narrada:

Que su sufrimiento era un precio necesario para la victoria económica.

Que haber domado la inflación probaba que se había ganado la libertad.

Que su dolor era la medicina, no la heroda.

Pero nada de esto es cierto.

La inflación no cayó en Argentina porque funcionó la austeridad. Nunca fue necesario tal empobrecimiento y sufrimiento. Nada bueno puede derivarse de malgastar los potenciales creativos humanos y convertir en mendigos a personas vulnerables.

La inflación cayó porque el Estado volvió — no el Estado de Milei, sino un enorme Supraestado: el FMI.

Un poder gubernamental que él intenta que no veas pero del que depende completamente.

Así pues ésta es una historia sobre una profunda hipocresía. Sobre un hombre que juró lealtad a los mercados pero que debía su (aparente) victoria a los tecnócratas supranacionales.

Sobre un pueblo traicionado no solo por recortes sino por un mito.

‘Hay que ser muy cagón para no defender a los jubilados.’ — Mural en La Boca, Buenos Aires

II. La mentira de la victoria del laissez-faire

Javier Milei narra un relato simple:
El Estado era el problema.
El mercado es la solución.
La inflación era la bestia y él — mediante dolor, disciplina y libertad — la mató.

Pero he aquí la verdad: la bestia no fue matada. Fue tranquilizada con sangre prestada.

A principios de 2024, Argentina estaba al borde. Años de colapso de su divisa habían creado una espiral inflacionaria vinculada menos al gasto que a la confianza y a la demanda inelástica de divisas extranjeras. El peso ya no funcionaba saludablemente como moneda — era una patata caliente. Lo que se había apoderado de la nación no era un exceso de demanda general sino una necesidad de dólares estructuralmente implacable.

No se trataba de televisores ni de vacaciones. Se trataba de sobrevivir ante la ejecución de la deuda. Como la Alemania de Weimar luchando por entregar oro y libras a Gran Bretaña, Argentina estaba atrapada en un régimen monetario asimétrico: tenía pasivos en una divisa que no podía emitir.

Cuando debes dólares, y el impago no es una opción, tienes que conseguir dólares. La demanda es inelástica. Y cuando hay escasez, el precio de los dólares (el tipo de cambio) se dispara. Cuando los repuntes del tipo de cambio son demasiado grandes, obligan a reajustes de precios (corrección monetaria) echando más combustible a la inflación doméstico, incluso si colapsa el gasto. La espiral se retroalimenta, cobrando energías renovadas con cada repunte del tipo de cambio.

Entra en escena el FMI: un colchón de 44 mil millones $, un mensaje a los mercados de que Argentina no caería. En el momento en que tomó tierra la credibilidad respaldada por el FMI la inflación empezó a enfriarse.

Pero ésa no fue una corrección del mercado. Fue una estabilización obrada por el Estado, pero no el argentino. Fue el gobierno global, haciéndose cargo con lo único que la ideología de Milei no puede generar: la confianza colectiva mediante la intervención coordinada.

¿Y el milagro?

No fue la “libertad”.

Fue un “generoso” préstamo de dólares.

III. El testimonio de una ciudad

Buenos Aires no es una ciudad que oculte lo que es.

Deja que desfilen sus contradicciones en las plazas públicas.

El Palacio Barolo se yergue como un monumento operístico a la trascendencia, pero no se enseñorea sobre el paraíso o el purgatorio, sino sobre la precariedad. Sobre sus peldaños, alguien duerme bajo una manta donde debía haber habido un billete de banco y, cerca de allí, alguien le echa un bocado a una fugazzeta, saboreando el queso mientras su vecino se salta la cena.

En la Plaza de Mayo, sonríen unos turistas ante la Casa Rosada. Tras ellos, las madres aún desfilan. Al oeste, juegan como reyes perros abrigados. Al sur, San Telmo prepara sus puestos de Mercado, donde la supervivencia y la cultura se entremezclan en cada transacción.

Esto no es ficción. Esto no es teoría. Ésta es una ciudad donde las mentiras económicas toman cuerpo. Donde la ideología no solo está impresa en los libros; está pintada en los edificios, cortada en pizzas, escrita en carteles de cartón sostenidos por niños que mendigan comida.

El mito de Milei de la salvación autorregulada muere a la sombra de esta belleza. Porque la propia Buenos Aires es la prueba: el Estado siempre moldeó la realidad, ya a través de la grandeza pública, ya a través de su violenta ausencia.

IV. La hipocresía de la salvación AnCap

Hay que ser muy cagón para no defender a los jubilados.”— Maradona, inmortalizado en La Boca

Javier Milei se alzó con el poder denunciando al Estado como un parásito, un monstruo, un ladrón. Pero, cuando llegó la hora de rescatar a Argentina de la hiperinflación, recurrió, no al mercado, sino a un poder público aún mayor que el suyo.

El FMI no es una utopía anarcocapitalista. Es un coloso burocrático, respaldado por Estados, gobernado por gobernadores, y no responsable ante ningún “libre mercado” individual. Sus dólares no se los ha ganado; son asignados. Sus políticas no son voluntarias; son condicionales.

Y Milei las aceptó con avidez.

Cercenó las subvenciones a los autobuses, pero aceptó un subsidio a su divisa.

Recortó las ayudas a los pensionados, mientras se garantizaba la ayuda supranacional para su presidencia.
Habla de libertad, pero gobierna bajo la servidumbre de la deuda como sagrada escritura.

Esto no es coherencia. Es cobardía disfrazada de convicciones. Es lo que advertía Diego en ese mural: una traición al pueblo bajo la guise de valentía. Porque la verdad es: defender exige más coraje que apaciguar a los mercados. Y, en este momento, Argentina no necesitaba un profeta del dolor. Necesitaba un guardián de su pueblo.

V. Lo que pudo ser

En una villa nació, fue deseo de Dios…”
— Rodrigo, La Mano de Dios

Lo que Argentina necesita es un héroe de los de verdad. Cuando llegaron los dólares del FMI y se enfrió la inflación, demostró (otra vez) que la inflación para economías sometidas a restricción externa es casi exclusivamente un problema de tipo de cambio. Resuelto el problema del tipo de cambio, un presidente debería ser capaz de decir: «Ha pasado el peligro. Construyamos ahora la nación que queremos y reconstruyamos lo que está roto». Debería emplearse en rescatar a los pobres en vez de culparlos. Debería restablecer el poder adquisitivo, no cortar líneas de vida esenciales. Debería gobernar, no con un puño de hierro, sino con la mano firme de Dios; de las que no abofetean a los débiles sino que los sostienen. Un presidente debería aspirar a convertirse en una figura como la del Diego de la balada: un hijo del pueblo, que nunca olvidó su procedencia.

Sin embargo, Milei usó el escudo del FMI, no para proteger a su pueblo; sino para castigarlo. Rompió contratos, cercenó salarios, silenció ministerios. Y, mientras tanto, le dijo a la nación que era por su propio bien; como un cirujano que secciona sin necesidad y luego se olvida de suturar.

Y seamos honestos: las mentiras de Milei no eran solo suyas. El salvavidas del FMI era condicionado. No se le habría lanzado si Milei no se hubiese probado como leal austero. El Fono no se limita a rescatar economías; rescata su propio relato mendaz. Solo presta a quienes validen su mito: que el dolor precede al progreso, que recortar el Estado es una forma de virtud.

El FMI ayudó precisamente porque Milei estaba dispuesto a sangrar a los pobres. No a pesar de ello. Por ese motivo. Lo que Argentina necesitaba no era un asesino del Estado sino un redentor de su propósito.

VI. La Mano del Fondo

Y, sin embargo, el milagro fue real. Cayó la inflación. Nació un momento de estabilidad.

Pero lo que hizo Milei y lo que exigió el Fondo en ese momento… no era salvación.

Podían haber honrado el dolor del pueblo. Podían haber estabilizado con dignidad. En su lugar, Milei utilizó la mano del Fondo — la mano del FMI — no para levantar su país sino para golpearlo.

Milei se describe como valiente. Pero aquí, en Argentina, la valentía tiene un nombre muy diferente. Es lo que Maradona dijo, pintado en el mural de La Boca:

“Hay que ser muy cagón para no defender a los jubilados.”

En esta tierra, defender al pueblo es sagrado. Y no necesitas el derecho divino para gobernar; pero debes recordar: nunca se debe manchar la pelota.

VII. Dos Argentinas

Ayer paseamos por un milagro. Eran las vacaciones de invierno en Buenos Aires. Las calles pulsaban; no con protestas de desesperación, sino con niños. Decenas de miles de ellos. Llenaban museos, bibliotecas, teatros, pabellones de ciencia. En el Ecoparque, guardaban colas que serpenteaban por los pulmones de la ciudad, ansiosos por avistar flamencos, maravillarse con los hipopótamos o alimentar una cabra.

No era un lujo; era supervivencia. Una sociedad que intentaba estar cerca de sus hijos. Una ciudad que ofrecía gratis su equipamiento público al pueblo, incluso cuando el presidente trata de privatizarlo todo. Una ciudad que demostraba, contra cada recorte y cada decreto, que la alegría pública todavía importa.

Nos detuvimos en un café, tras entrar en calor por el paseo. El televisor estaba prendido. Echaba una imagen en directo de la misma plaza que acabábamos de cruzar, frente a la Casa Rosada. Pero esta vez estaba ocupada otra vez; en esta ocasión por hombres y mujeres ancianos.

Jubilados. Marchando. Exigiendo dignidad.

Entonces llegó el otro milagro: la ira del Estado.
Antidisturbios en formación. Escudos. Avance. Tres detenidos.
El subtítulo rezaba: “No apto para niños, niñas y adolescentes.”
¡Qué apropiado!

El mismo país donde se acogía a los niños para aprender sobre jaguares y glaciares ahora es uno donde no deben ser testigos de los ancianos siendo golpeados por exigir una pensión.

Hay que ser muy cagón para no defender a los jubilados.”

Diego lo dijo. Su mural nos vigilaba todo el tiempo

Así que aquí es donde acaba nuestra pieza.

En un país donde los niños aún visitan muesos, los pobres aún cantan en los estadios y los ancianos aún se manifiesta ante los palacios.

Un país que aguanta.
Con alegría. Con memoria. Con dolor. Y, quizá, todavía, con esperanza.

Epílogo: Le Bren

Concluimos la noche en un pequeño local de comida preparada llamado Le Bren. Te lo podrías pasar si pestañearas; solo una vitrina, un mostrador de madera y cuatro carteles escritos a mano con las ofertas especiales del día. Sin marca, sin lámparas rústicas, sin encanto performativo. Pero tenía algo más raro: autenticidad sin disfraces.

Mientras esperábamos a nuestra milanesa con papas, nos dimos cuenta de algo:
Esto no era austeridad. Era soberanía. Este lugar no intentaba parecerse a Brooklyn. Trataba de alimentar al pueblo.

Y lo hacía — docenas a la hora. Eficiente, cálido, sin pretensiones.

Entonces entro un hombre mayor — bajo, robusto, radiante. Notó que éramos brasileños y entabló conversación. Cuando Beth señaló cuántos niños habíamos visto en los parques, asintió y dijo

«Éste es el periodo de tregua entre nosotros y el Gobierno. Esta semana pertenece a los niños. La semana que viene volveremos a protestar».

Parecía cansado. Pero también parecía estar vivo.

«Este presidente está destruyendo Argentina», siguió. «Antes no había personas sin hogar. Ahora están pasando hambre».

Le dijimos que entendíamos. Tuvimos nuestra propia ración de monstruos destructores de bienestar en casa.

Asintió de nuevo—de esa forma en la que sólo personas que lo han visto todo pueden asentir.

Así pues, en este humilde establecimiento de comida preparada, entre niños en parques y jubilados en plazas, encontramos la Argentina real:

No la que está recortando Milei; sino la que se niega a ser borrada.

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