Opinión

Un rescate para nuestras vidas

Autor

  • Profesor en el Departamento de Economía e Historia Económica de la Universidad de Sevilla

Antonio tiene treinta años y no sabe qué estará haciendo dentro de seis meses. Ha estudiado, trabaja cuando encuentra trabajo y comparte piso lejos del centro porque allí todavía puede pagarlo. No vive en la miseria. Paga el alquiler, come, sale alguna vez; lo que no tiene es margen. El dentista puede estropearle el mes. Una avería obliga a hacer cuentas. Una fianza puede impedirle mudarse. Su vida funciona razonablemente bien mientras no ocurra nada.

Últimamente está estresado. Ha pasado temporadas bastante deprimido. Su único pasatiempo es el gimnasio, que se ha convertido en el hábito que le mantiene conectado a otros, una suerte de comunidad, aunque frágil. Allí entrena, se despeja y habla con gente. Pero la gente rota. Uno cambia de turno, otro encuentra trabajo lejos, otro deja de pagar la cuota. Las amistades aparecen y desaparecen con los empleos y las mudanzas.

Fuera tampoco resulta sencillo verse. Cuando todos trabajan faltan horas. Cuando alguno está en paro sobra tiempo y falta dinero. Y quedar significa muchas veces consumir. Antonio vive lejos y pasa demasiado tiempo desplazándose. Algunos días contempla desde el coche o el autobús una ciudad detenida en un atasco. Luego abre el móvil y aparece la otra: restaurantes, escapadas, conciertos, casas luminosas, cuerpos perfectos. No hace falta ser rico para consumir aspiraciones. Antonio querría algo bastante menos espectacular: saber dónde vivirá y de qué trabajará dentro de dos años.

Carmen tiene setenta años y dos casas. Una está en la ciudad. La otra, en el pueblo. A ésta casi no va. Allí pasó veranos, conocía a todo el mundo y todavía guarda muebles, fotografías y recuerdos. Pero quedan menos vecinos, faltan servicios y cualquier cosa sencilla requiere coger el coche. Tener una casa allí no significa tener una vida allí. En la ciudad le está ocurriendo algo diferente y extrañamente parecido. Durante años fue dos tardes por semana a una pequeña academia de pintura. Pintar era lo de menos. La mujer que llevaba la academia tuvo una hija y terminó cerrándola. El negocio no daba para contratar a alguien y hacerlo compatible con la crianza resultó imposible. Nadie hizo nada mal. Simplemente desapareció un lugar donde varias personas se encontraban dos veces por semana.

Los martes Carmen recoge a sus nietos. Su hija tiene turno partido y no llega. Se alterna con los otros abuelos y con el padre, cuyos horarios también cambian. Las extraescolares completan el puzle. Los martes Carmen resulta imprescindible. El resto de tardes normalmente las pasa sola. Su marido murió. Algunos vecinos también. Otros se marcharon. En varias viviendas ahora entran personas con maletas que desaparecen pocos días después. El barrio sigue lleno de gente, pero Carmen conoce cada vez a menos. Y la academia ya no está.

Alrededor de Antonio y Carmen, sin embargo, no parece que falten cosas por hacer. Cada verano volvemos a hablar de incendios que habría sido mejor prevenir. Hay espacios degradados que se limpian y vuelven a degradarse. Barrios atravesados por coches porque moverse de otra manera resulta difícil. Patrimonio perfectamente preparado para ser fotografiado y lugares cotidianos donde cada vez ocurren menos cosas. Tenemos coches mejores, teléfonos mejores, televisores enormes y la posibilidad de recibir casi cualquier producto en casa. Y, al mismo tiempo, no siempre conseguimos mantener abierta una academia de pintura. Hay algo de aquella vieja paradoja de la abundancia: podemos enriquecernos privadamente mientras se empobrece el mundo que compartimos.

Cuando una parte importante del sistema financiero corre peligro, existen instituciones capaces de intervenir. Si una gran empresa considerada estratégica entra en dificultades, encontramos instrumentos para sostenerla. Si los mercados se bloquean, los bancos centrales saben crear liquidez. Hemos construido mecanismos muy sofisticados para rescatar aquello que consideramos imprescindible para que la economía siga funcionando, pero no tenemos una institución equivalente para rescatar nuestro tiempo, nuestra tranquilidad, nuestras relaciones o nuestros barrios.

Hay una diferencia que solemos pasar por alto. El dinero es una institución que hemos creado para organizar pagos, deudas y relaciones económicas. No es un recurso que exista en la naturaleza y que una sociedad deba encontrar antes de poder movilizar sus capacidades productivas. Tampoco necesitamos que los ricos nos proporcionen previamente el dinero para hacerlo. Hay razones importantes para gravar mucho más las grandes fortunas: reducir la concentración de riqueza y poder, contener determinadas desigualdades y liberar recursos reales para otros usos. Pero no debemos confundir esas razones con la idea de que el gasto público solo puede existir si antes alguien, preferiblemente los que más tienen, aportan el dinero. Naturalmente, importa quién emite la moneda, quién la utiliza y qué reglas institucionales condicionan su financiación, pero el trabajo, el tiempo, los conocimientos y los recursos materiales son otra cosa. Podemos crear mecanismos financieros para movilizarlos, pero no podemos crear por decreto una vivienda terminada, una enfermera formada o una hora adicional del día. Cuando hay personas dispuestas a trabajar y necesidades sin atender, sin embargo, no siempre faltan recursos reales. A veces falta la decisión institucional de ponerlos en relación. Hemos aprendido a tratar la financiación de determinadas actividades como una cuestión de estabilidad económica y la de otras como un gasto que debemos justificar constantemente. Esa diferencia también es política.

A Antonio le recomendamos gestionar el estrés. A su amigo inmigrante, integrarse. A la hija de Carmen, conciliar. A Carmen, salir más. Y a la mujer de la academia, emprender mejor. Quizá estamos intentando resolver individualmente demasiadas cosas que requieren trabajo colectivo. Porque Antonio busca empleo mientras alrededor hay incendios que prevenir, espacios degradados que recuperar, actividades que podrían organizarse y lugares que podrían permanecer abiertos. En el pueblo de Carmen faltan servicios mientras faltan también personas. En su barrio hay cada vez más gente de paso y menos lugares donde encontrarse sin consumir. Parte de esos problemas exigen servicios públicos estables, inversión, mejores transportes, vivienda y otra organización del tiempo, pero queda un espacio enorme de necesidades que no se atienden porque no generan una rentabilidad suficiente para movilizar trabajo. Es ahí donde entra la política de Trabajo Garantizado.

La idea es que quien quiera trabajar y no encuentre empleo pueda acceder a un puesto digno financiado públicamente, orientado hacia trabajos que la comunidad necesita y que el mercado no tiene por qué proporcionar. No se trataría de crear trabajo por el mero hecho de gastar dinero, sino de utilizar la capacidad de financiación pública para movilizar capacidades laborales que permanecen ociosas mientras existen necesidades sociales sin atender porque al sector privado no le resulta rentable. Quizás Antonio participe durante un tiempo en uno de esos proyectos, que en unos meses encuentre un empleo privado que le cuadre mejor y se marche. Carmen seguirá echando de menos a su marido. La academia de pintura puede que no vuelva a abrir nunca. Y tener una casa en el pueblo seguirá sirviendo de poco si alrededor desaparecen los servicios y la gente. Pero habremos cambiado algo importante: habremos decidido que hay necesidades demasiado importantes para dejarlas sin atender simplemente porque nadie encuentra rentable hacerlo.

Antonio intenta que el mes no se tuerza. Carmen tiene dos casas y cada vez menos lugares donde ir. Su hija necesita a los abuelos para poder cumplir su jornada. Otra mujer tuvo que cerrar el lugar donde Carmen se relacionaba porque no podía hacer compatible su trabajo con cuidar a su propia hija. Y alrededor siguen existiendo personas que quieren trabajar y trabajo que necesitamos hacer. Hemos construido instituciones capaces de rescatar balances, activos y empresas cuando consideramos que algo importante está en peligro. Es hora de construir también instituciones capaces de rescatar nuestro tiempo, nuestra tranquilidad, nuestras relaciones y nuestros barrios. El Trabajo Garantizado podría ser una de ellas.

 

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