Publicado originalmente en inglés, se reproduce en esta web bajo la bajo la licencia concedida por los autores.
Resumen
Este artículo utiliza la crítica de Marc Lavoie de 2024 a la Teoría Monetaria Moderna (TMM) para contrastar los fundamentos ontológicos, las metodologías y las implicaciones políticas de la TMM con los de la economía poskeynesiana (PK). Argumentamos que los desacuerdos entre estas escuelas reflejan divergencias ontológicas fundamentales más que matices técnicos. La economía poskeynesiana modela la economía como un sistema liderado por el sector privado donde el Estado interviene reactivamente, mientras que la TMM posiciona al Estado como el arquitecto constitutivo de los sistemas monetarios, diseñando las operaciones del mercado a través de la tributación, la emisión de moneda y la política fiscal. Las áreas clave examinadas incluyen las operaciones del Tesoro y el banco central, la dinámica del sector externo, el desempleo y la política de tasas de interés. El artículo también aborda los orígenes intelectuales de la TMM en la práctica financiera, antes que en la teoría heterodoxa, y analiza los factores sociológicos que configuran su polémica recepción en la economía. Concluimos que un diálogo constructivo entre la TMM y la PK requiere reconocer estas raíces ontológicas para conciliar las prescripciones políticas divergentes.
Palabras clave
Teoría Monetaria Moderna, Economía Poskeynesiana, Ontología, Sociología Económica, Garantía de Empleo, Contabilidad Consolidada, Tipos de Interés, Tipos de Cambio, Economía Heterodoxa
Clasificación JEL
B50, B40, E12, E60, E63, F41, Z1
1. Introducción
Este artículo utiliza la crítica de Marc Lavoie (2024), «MMT: The Good, the Bad and the Ugly» [1], para contrastar sistemáticamente los fundamentos ontológicos, los enfoques metodológicos y las implicaciones políticas de la Teoría Monetaria Moderna (TMM) con los de la economía poskeynesiana (PK). Si bien Lavoie identifica importantes áreas de coincidencia entre ambas escuelas, sostenemos que las distinciones restantes se derivan en gran medida de una divergencia ontológica más profunda, antes que de meros matices técnicos. Se trata de un desacuerdo sobre la naturaleza elemental del Estado, su moneda y los mercados.
La estructura del artículo refleja esta perspectiva. En las secciones 2 y 3, describimos los distintos espacios ontológicos que sustentan los marcos de la PK y la TMM. Mostramos cómo los modelos de la PK suelen implicar una economía neutral en cuanto a la moneda, liderada por el sector privado, en la que interviene el Estado. En contraste, la TMM parte del hecho de que el Estado es el arquitecto constitutivo de las economías monetarias, quien diseña la estructura institucional de las operaciones de mercado.
La Sección 4 examina la herramienta analítica de la consolidación y la relación operativa entre las tesorerías estatales y los bancos centrales, abordando directamente la crítica de Lavoie. Argumentamos que el uso de la consolidación por parte de la TMM constituye una herramienta pedagógica financiera estándar que promueve la comprensión de los resultados de las políticas dirigidas institucionalmente por los sistemas monetarios estatales.
En la Sección 5, abordamos las diferencias en el tratamiento del sector externo. Contrastamos el modelo poskeynesiano implícito de los dos cuerpos en las finanzas internacionales con la ontología de n cuerpos de la TMM, que reconoce operaciones monetarias distintas e independientes dentro de cada zona monetarias y el margen de maniobra política que permiten las monedas independientes.
La Sección 6 aborda la cuestión del desempleo. Mientras que la teoría de la poskeynesiana considera el desempleo como un fracaso de la inversión privada o de la gestión de la demanda, la TMM lo identifica como una consecuencia estructural del monopolio estatal sobre las obligaciones tributarias y la consiguiente emisión de moneda. Esta perspectiva incluye el concepto de lo que se conoce coloquialmente como «Garantía de Empleo» como elemento fundamental de su análisis monetario.
La Sección 7 considera la política de tipos de interés y los regímenes cambiarios. Destacamos cómo la TMM reformula las herramientas políticas disponibles para los gobiernos que operan una moneda con tipos de cambio flotantes, cuestionando los supuestos e implicaciones heredados tanto de la teoría PK como de las tradiciones dominantes.
La Sección 8 reflexiona sobre los orígenes intelectuales de la TMM y aborda las aseveraciones sobre su novedad y su aplicación académica. Argumentamos que la TMM surgió de forma independiente a través de la observación financiera aplicada, y no como una derivación de teorías heterodoxas previas, y consideramos los factores sociológicos que moldean su recepción dentro de la profesión económica en general.
Concluimos afirmando el potencial para el diálogo constructivo y la colaboración entre los economistas de la TMM y los de la teoría PK, pero enfatizamos que dicho compromiso debe comenzar por abordar los fundamentos ontológicos sobre los que cada escuela construye su análisis.
2. Modelado poskeynesiano: una ontología de neutralidad monetaria.
En la tradición poskeynesiana, los modelos económicos generalmente se construyen a partir de una base económica cerrada y no gubernamental. El sector privado, compuesto por hogares y empresas, interactúa en los mercados utilizando el dinero, derivado de sociedades de trueque anteriores, como medio de intercambio, con sistemas bancarios que suministran crédito endógenamente [2]. El papel del gobierno se introduce a menudo como un factor superpuesto: un estabilizador que inyecta demanda cuando la inversión privada flaquea o como distribuidor de ingresos a través de políticas tributarias y de gasto.
Esta estructura de modelado se sustenta en una premisa ontológica tácita: que la economía existe independientemente del Estado [3]. El dinero, que evolucionó a partir de sociedades de trueque históricas, existe gracias a la creación de crédito privado, y el gobierno es principalmente reactivo a cualquier evolución. Incluso cuando el Estado se reconoce como necesario, por ejemplo, en la tradición monetaria endógena (véanse, por ejemplo, Kaldor, 1970; Davidson, 1972; Moore, 1979; Keen, 2018), no se le considera constitutivo. Además, en muchos modelos de capital privado (por ejemplo, Carnevali y Deleidi, 2023; Godley y Lavoie, 2012), el sector externo se reduce a un único actor agregado, el «resto del mundo», aplanando así las realidades asimétricas de las monedas independientes y las finanzas internacionales.
Esta orientación lleva a los teóricos poskeynesianos a considerar cuestiones macroeconómicas, como el desempleo, la inflación o la dinámica del tipo de cambio, como resultado principalmente de interacciones entre agentes privados, mediadas por los sistemas bancarios. Las acciones gubernamentales se analizan en función de su impacto en los mercados e instituciones ya existentes. Las implicaciones de este enfoque de modelización son significativas. Por ejemplo, el desempleo se entiende con mayor frecuencia como una consecuencia de la inversión insuficiente del sector privado o una avería de la demanda efectiva relacionada con el consumo, a menudo vinculada a la acumulación de capital, la dinámica de la restricción de beneficios o la competitividad global. Estas presunciones limitan los análisis y las propuestas posteriores.
Si bien estas perspectivas reflejan una línea teórica keynesiana, pasan por alto los mecanismos institucionales y operativos más profundos mediante los cuales se crean el dinero y los mercados. Al no reconocer al Estado como un actor fundamental con responsabilidad directa sobre los resultados, los modelos de la teoría PK mantienen una ontología que dificulta explicar la causalidad endógena de la creación de dinero estatal y sus implicaciones para el empleo, la inflación y el margen de maniobra política.
3. Ontología de la TMM: Dinero creado por el Estado y la primacía del aprovisionamiento
La TMM cuestiona los fundamentos de la ontología poskeynesiana. No parte de los mercados ni de los agentes privados, sino de la arquitectura institucional del Estado y su autoridad para imponer obligaciones tributarias y emitir una moneda aceptada para su liquidación. En el análisis de la TMM de la economía monetaria, es central la necesidad del Estado de autoabastecerse, una necesidad que satisface imponiendo una obligación tributaria coercitiva y declarando su moneda como la unidad requerida para la liquidación. En consecuencia, esta condición inicial genera demanda del dinero del Estado, ya que los vendedores de bienes y servicios buscan intercambiar sus productos por moneda estatal. Así, desde esta perspectiva, el dinero se entiende inherentemente no como un medio neutral ni como una forma de encubrir el trueque, sino como un crédito emitido por el Estado que obliga a transferir recursos reales al dominio público (Mosler, 2010; 2013; 2021; 2023; Mitchell et al., 2019; L. R. Wray, 1998; 2015; 2025).
La secuencia ontológica en la TMM es, por lo tanto: imponer una obligación tributaria, gastar, drenar. Primero, el Estado recauda impuestos, creando una necesidad de la moneda. Segundo, gasta emitiendo moneda en la economía para liquidar sus compras de bienes y servicios. Tercero, los saldos excedentes de liquidación se drenan mediante el pago de impuestos y la emisión de bonos. La implicación es que el Estado, ab initio, debe gastar antes de que los agentes puedan pagar impuestos (o adquirir títulos estatales), ya que no pueden realizar transacciones en una moneda que aún no poseen, lo que invierte el relato tradicional y PK de la hacienda pública y socava todos los modelos económicos que implican que el Estado debe adquirir dinero del sector privado antes de poder gastar.
En este marco, el desempleo, por diseño, es una consecuencia directa de la monetización. Al imponer obligaciones tributarias en una moneda que solo el Estado puede emitir, este crea un grupo de personas que buscan obtener esa moneda a través del trabajo. Si el Estado no las emplea, permanecen desempleadas. Por lo tanto, el desempleo no es un resultado natural del mercado, sino una decisión política. Esta secuencia causal define el enfoque de la TMM hacia la política macroeconómica, en particular su defensa de la Garantía de Empleo (GJ) como mecanismo de optimización y como imperativo moral para corregir el error inicialmente creado por las exigencias fiscales.
La ontología de la TMM considera al Estado no como un participante en la economía monetaria, sino como su arquitecto (Mosler, 2013; 2023; Invernizzi, 2021). Los mercados y la actividad privada se desarrollan dentro de los parámetros establecidos por el diseño institucional estatal. Este enfoque implica que la modelización de la TMM prioriza el realismo operativo, basándose en gran medida en estructuras contables, protocolos institucionales y la mecánica real de lo que comúnmente se conoce como creación y distribución de dinero. A diferencia de la modelización de la teoría PK, que a menudo se abstrae de los detalles institucionales, la TMM construye la teoría desde los cimientos, comenzando por el funcionamiento de la moneda.
4. Consolidación y Realismo Operacional
4.1 El Valor Analítico de la Consolidación
Una de las críticas recurrentes que Lavoie (2024) dirige a la TMM es su uso del sector público consolidado, considerando al banco central y al tesoro como una sola entidad. Argumenta que esta simplificación oscurece las realidades institucionales, particularmente en jurisdicciones donde existe una separación legal formal. Sin embargo, esta crítica pasa por alto el papel pedagógico de la herramienta de consolidación, no solo en la TMM, que aclara las realidades operativas que pretende abordar, sino también en el análisis financiero en general, donde todas las empresas están legalmente obligadas a presentar balances consolidados. Se podría disculpar a los académicos por no reconocer el valor de esta herramienta de política, que es el lenguaje principal de quienes tienen experiencia directa en los mercados de capitales.
En referencia a Lavoie, la TMM no afirma que los bancos centrales y los tesoros sean legalmente idénticos; en cambio, señala que, si bien están institucionalmente separados, son agentes funcionalmente integrados de los Estados que emiten moneda. El análisis de Lavoie tiende a enfatizar ciertas distinciones de forma jurídica por encima de la función operativa, y posteriormente tergiversa el uso de la consolidación en la TMM como una afirmación normativa en lugar de una herramienta descriptiva y analítica. Además, en el análisis financiero estándar, la consolidación se refiere a la aplicación de las normas internacionales de contabilidad de grupo a entidades bajo control común [4], que incluyen el Tesoro y el Banco Central. Estas normas permiten a los responsables de la toma de decisiones comprender la situación financiera general y el rendimiento de todo un grupo de entidades. Argumentar en contra del uso de la consolidación en la TMM es oponerse a la investigación académica que fomenta su uso tanto en el sector público como en el privado, donde los balances y las cuentas de resultados consolidados son las principales herramientas de análisis [5].
En Estados Unidos, por ejemplo, el Tesoro y la Reserva Federal son agentes del Congreso que se coordinan diariamente para garantizar la correcta implementación de la política fiscal. Aunque operativamente son distintos y se contabilizan individualmente, el Tesoro depende de la Reserva Federal para liquidar los pagos, mientras que ésta ajusta las condiciones de liquidez para mantener su tasa de interés objetivo y, si bien la política monetaria obliga al Tesoro a emitir bonos para recaudar fondos para el gasto, es la Reserva Federal quien presta los fondos a los intermediarios financieros designados para pagar los bonos del Tesoro que estos compran. Es decir, los fondos para comprar bonos del Tesoro provienen de la Reserva Federal, ambos agentes del Congreso, la rama legislativa del gobierno estadounidense.
El análisis de la Reserva Federal y del Tesoro de forma consolidada subraya la afirmación de la TMM de que los fondos utilizados para comprar bonos del Tesoro provienen del mismo gobierno, y la observación de que las ventas de bonos del Tesoro sirven para drenar los saldos de liquidación creados por gastos gubernamentales previos. Esta secuencia se reitera en la documentación del banco central y en los testimonios de profesionales. No existe un sentido operativo que indique que el gobierno federal, como entidad, deba primero «obtener» dinero de los mercados de bonos para gastar, aun cuando la política gubernamental dicta que el Tesoro debe obtener fondos antes de gastar. Operativamente, el Estado gasta cargando la Cuenta General del Tesoro y abonando las cuentas de compensación proporcionadas por la Reserva Federal y mantenidas en ella. La estructura institucional, en este caso, el sistema de intermediarios financieros primarios, garantiza que la política en lo concerniente al Tesoro no sea un obstáculo operativo.
Una estructura similar existe en el Reino Unido. La Pirámide del Tesoro, un sistema contable de varios niveles aún en uso, demuestra cómo el Tesoro de Su Majestad opera a través de una línea de descubierto funcional con el Banco de Inglaterra. Si bien el Banco de Inglaterra suele describirse como independiente, en la práctica, su función como agente fiscal del gobierno implica que sus acciones independientes están significativamente limitadas por la ley. Berkeley et al. (2023; 2025) describen cómo se ejecuta el gasto público mediante el abono directo a las cuentas de liquidación del Banco de Inglaterra y el débito a los depósitos públicos, independientemente del estado actual de dichos depósitos. La emisión de bonos es una operación de gestión de liquidez, no un requisito de financiación. El Tesoro de Su Majestad no exige impuestos previos ni la venta de bonos para gastar.
Además, la idea de balances realmente separados es cuestionable desde una perspectiva contable consolidada. Las garantías del Tesoro de Su Majestad respaldan al Banco y un marco formal de recapitalización garantiza que su propietario, el Tesoro de Su Majestad, asuma en última instancia cualquier pérdida significativa (Tesoro de Su Majestad, 2018). El proceso presupuestario del gobierno (las Estimaciones de Oferta) ya asume la responsabilidad fiscal de la revalorización de sus activos, incluido el banco central, del que es propietario al 100 %. Insistir en una estricta separación de las cuentas ignora, por lo tanto, la realidad consolidada de las finanzas públicas del Reino Unido.
De igual manera, el Banco de Canadá entra en esta categoría. El Banco es una entidad del Estado, y la Ley del Parlamento que lo instituyó establece claramente que debe coordinarse con el gobierno de Canadá y proporcionarle los mecanismos necesarios para realizar los pagos. El estatuto es inequívoco: «El Banco actuará como agente fiscal del Gobierno de Canadá». Nadie dentro del Banco puede negarse a una orden del ‘Receptor General’ [6] debidamente autorizada por una partida presupuestaria aprobada por el Parlamento, independientemente del estado actual de los depósitos públicos. Si lo intentaran, los tribunales se pondrían del lado del Receptor General, en lugar del Banco. Ahí es donde la interacción de un gobierno con su banco difiere de la de cualquier otra persona jurídica con su banco. Es una cuestión de estatuto, no de contrato, y pertenece al orden constitucional.
4.2 Consolidación y la restricción del impago involuntario
La consolidación ayuda a aclarar las relaciones y mecanismos clave en las operaciones fiscales al centrarse en los elementos esenciales. Muestra que el gasto público aumenta los saldos dentro del sistema bancario privado, mientras que los impuestos y la venta de bonos disminuyen dichos saldos disponibles [7]. Aclarando la confusión, utilizando las prácticas contables estándar aceptadas, se revela que los procesos de presupuestación (gasto público) y el proceso de «medios y arbitrios» (impuestos y emisión de bonos) operan de forma independiente y asincrónica [8]. Esta realidad operativa también respalda directamente la afirmación de la TMM de que un gobierno que emite deuda únicamente en su propia moneda no puede enfrentarse a un impago económico involuntario. El Tesoro, a través del banco central, siempre puede cumplir con sus obligaciones en la moneda del Estado [9].
Lavoie (2024, 73) expresa su preocupación por la afirmación de que «un gobierno no puede impagar si su deuda se emite en moneda nacional, independientemente de la configuración institucional». Sin embargo, el argumento publicado de la TMM se refiere repetidamente a la capacidad operativa de pago, mientras que la declaración de Lavoie se refiere a la disposición a pagar [10]. Es decir, su crítica no distingue entre la capacidad de pago y la disposición a pagar, lo que la convierte en un error de omisión.
Fundamentalmente, Lavoie, como muchos críticos, no especifica las circunstancias precisas que prevé en las que se produciría un impago involuntario, ni cómo dicho escenario sería ventajoso tanto operativa como políticamente para un gobierno central [11]. En esta crítica, no se explica con claridad quién o qué entidad posee la autoridad para rechazar el pago unilateralmente, ni cómo dicha autoridad impondría dicha postura a un gobierno y una legislatura elegidos que estuvieran decididos a actuar de otro modo [12]. En contraste, el enfoque de la TMM busca identificar los mecanismos institucionales y legales específicos que impondrían tal «no» como requisito previo para argumentar, por ejemplo, que estos mecanismos suelen estar ausentes o son políticamente insostenibles.
Lo que encontramos queda demostrado por el uso que hace Lavoie de frases calificativas que evaden sus afirmaciones, como: «al menos antes de que la flexibilización cuantitativa se impusiera», «la eurozona antes de 2010» y «antes de la COVID-19» (Lavoie, 2024). Cuando se imponen restricciones al emisor monopolista de una moneda, y estas restricciones se contrastan con la realidad, fracasan, lo que demuestra que la presión dinámica dentro de los mecanismos económicos tiende hacia la situación que describe la TMM. Canadá ha reemplazado el LVTS por Lynx (Banco de Canadá, 2022), Tye (2023) describe la historia de los «fondos de amortización» del Reino Unido, su fracaso y posterior abolición, y Ehnts (2024) describe los rápidos cambios normativos introducidos en el Eurosistema cuando se vio sometido a tensiones. Como resumen Ehnts y Wray (Ehnts y Wray 2024):
Creemos que la postura anticartalista es fundamentalmente inestable y no puede sobrevivir; no es una opción viable. Tarde o temprano se transformará en la postura neocartalista o poscartalista.
5. Sector Externo: Abstracción PK contra especificidad de la TMM
La crítica de Lavoie a la TMM, en particular en lo que respecta al sector externo, a menudo se basa en la literatura existente (Lavoie 2024, pp. 11-12; citando a Prates 2020; Vergnhanini y De Conti 2018). Si bien estas referencias resaltan las preocupaciones PK comunes respecto a las restricciones externas y las supuestas «jerarquías monetarias», podrían subestimar una divergencia ontológica fundamental que sustenta la perspectiva de la TMM. Esta sección argumenta que las deficiencias percibidas de la TMM en este ámbito, desde una perspectiva PK, se derivan de un supuesto ontológico implícito dentro del poskeynesianismo que difiere significativamente de la comprensión fundamental de la TMM sobre las finanzas internacionales.
El enfoque PK, en su análisis del sector externo, a menudo opera implícitamente como si toda la economía global fuera, en esencia, una zona monetaria única. Desde esta perspectiva, una moneda nacional se considera una desviación, anomalía o perturbación de una norma presumida, lo que resulta en un marco de «problema de dos cuerpos» para el comercio y las finanzas internacionales (Carnevali y Deleidi, 2023; Godley y Lavoie, 2012). En este modelo, la atención se centra en la relación entre una economía nacional y un «resto del mundo» genérico, pasando por alto a menudo las monedas independientes de cada nación. Esto lleva a un énfasis excesivo en las restricciones de la balanza de pagos y a la noción de que la capacidad de una nación para importar está inherentemente limitada por su capacidad para exportar y obtener divisas (p. ej., Carnevali y Deleidi, 2023), con supuestos tácitos de limitaciones de tipos de cambio fijos.
La TMM, en cambio, parte de una premisa ontológica completamente diferente: que cada estado que emite su propia moneda fiduciaria es un emisor monopolista de esa moneda. Esta comprensión fundamental implica que, si bien pueden existir zonas monetarias y sus monedas separadas flotan entre sí, operan de forma independiente. Con una política cambiaria flotante, no existe una estructura global central ni una única fuerza de gravedad financiera unificadora, del mismo modo que no existe un punto central en la mecánica orbital para cada cuerpo celeste. En cambio, cada sistema monetario opera bajo sus propias reglas, y su valor relativo a otras monedas está determinado por una multitud de factores, como la oferta y la demanda, el desempeño económico y las decisiones políticas estatales, como los precios que paga el Estado. Esto convierte al sistema monetario internacional en un problema de n cuerpos, inherentemente complejo y, en un sentido puramente determinista, matemáticamente insoluble, de una manera que un modelo simplificado de equilibrio del mercado de bonos (Godley y Lavoie, 2012) no puede captar [13].
Esta perspectiva de «n-cuerpos» reconfigura profundamente la comprensión del sector externo. Desde la perspectiva de la TMM, la función principal de un Estado en una economía monetaria es abastecerse para el bien público. Para ello, impone una obligación tributaria, que genera una demanda de su moneda fiduciaria, que de otro modo carecería de valor. Cuando un Estado decide abastecerse desde el exterior —es decir, importar bienes y servicios—, lo hace suministrando su moneda a entidades extranjeras que ofrecen los bienes y servicios deseados a cambio de dicha moneda. Estas entidades extranjeras, que ahora poseen la moneda del Estado, buscarán usarla o ahorrarla. Las entidades nacionales, que enfrentan la obligación tributaria impuesta por su gobierno, ofrecerán bienes y servicios para la venta a compradores nacionales e internacionales para obtener la moneda necesaria para cumplir con sus obligaciones tributarias. Por lo tanto, para una nación emisora de moneda, las exportaciones no son un prerrequisito para, per se, financiar las importaciones, sino más bien como el costo incurrido para obtenerlas. Además, la propia denominación, junto con otros instrumentos financieros derivados emitidos en esa denominación por el Estado (como los bonos del Estado), constituye en esencia un crédito fiscal, una fuente de valor intrínseco (Mosler y Forstater, 2018) y, por lo tanto, actúa como un producto de exportación por derecho propio, ya que las entidades extranjeras la demandan para facilitar el comercio o para mantenerla como ahorro [14].
Desde esta perspectiva, «extranjero» y «en el extranjero» se refieren a cualquier entidad que opera en múltiples monedas, independientemente de su ubicación física o de las fronteras geográficas precisas de un país. Una zona monetaria de esta naturaleza no se alinea necesariamente con las fronteras físicas del país asociado a su divisa [15]. La eurozona, por ejemplo, trasciende claramente las fronteras nacionales y su influencia se extiende a prácticamente toda la UE a través de diversos tipos de cambio fijos, tanto duros como blandos. Por el contrario, una zona monetaria puede ser más pequeña que un país si este cuenta con mecanismos de aplicación débiles para su moneda o ha incentivado excesivamente a las empresas extranjeras a establecer una presencia física mientras sigue prestando servicios principalmente a otras zonas monetarias. Esto puede conducir a una situación conocida coloquialmente como “dolarización”, que puede variar en grado, oficialidad y vigencia [16].
La intuición fundamental es que, en cada transacción internacional, el agente iniciador realiza la transacción con la divisa que está obligado a ofrecer, mientras que la contraparte finalmente adquiere la moneda que prefiere conservar [17]. El sistema financiero global, con su compleja red de tipos de cambio y mecanismos de pago, existe precisamente para posibilitar este proceso. Si no se puede realizar el intercambio o la tenencia de la moneda deseada, la secuencia completa de intercambio, tanto física como financiera, simplemente no se lleva a cabo. La perspectiva de la TMM replantea el sector externo no como una restricción al espacio de política interna, sino como un ámbito donde interactúan sistemas monetarios distintos e independientes, impulsados por la necesidad subyacente de satisfacer las obligaciones tributarias y facilitar la asignación de recursos.
[1] Este capítulo se publicó en (Jefferson y King 2024) junto con un capítulo que describe la contribución de la teoría monetaria moderna a la economía heterodoxa (Armstrong 2024).
[2] «ausente de la mayoría de los análisis postkeynesianos y circuitistas está el proceso institucional por el cual un vale obtiene su valor (se convierte en dinero)» (Mosler y Forstater 2018, 1)
[3] Puede que los postkeynesianos sean conscientes del papel del Estado en el desarrollo del dinero y los mercados (véase, por ejemplo, Stockhammer 2020), pero, sin embargo, la estructura de sus modelos aparentemente les impide comprender plenamente las implicaciones de esto en sus teorías.
[4] NIIF 10 (Estados financieros consolidades).
[5] Por ejemplo, Cîrstea (2014), en relación con la información financiera consolidad del sector público, considera que «las entidades del sector público deberían preparar estos informes consolidados”.
[6] NT: Un Receptor General (Receiver General) es un funcionario público que actúa como el tesorero central de un gobierno, encargado de gestionar todos los fondos públicos, aceptar y emitir pagos, y mantener la contabilidad central, como el Receptor General para Canadá, que supervisa las Cuentas de Canadá y publica las Cuentas Públicas. En esencia, es la figura responsable de la tesorería y la contabilidad financiera de todo el gobierno.
[7] Esto incluye a Canadá: «El Banco de Canadá proporciona cuentas de liquidación a los participantes directos de Lynx, a los compensadores directos del Sistema Automatizado de Compensación y Liquidación (ACSS) y a los participantes directos del Carril en Tiempo Real (RTR) planificado. Payments Canada es el dueño y operador de estos sistemas, pero la liquidación final de las obligaciones de pago en estos sistemas se realiza a través de cuentas de liquidación en los libros del Banco de Canadá». (Banco de Canadá, 2025).
[8] Las cuentas de Impuestos y Préstamos del Tesoro (Treasury Taxation and Loan o TTL) en EE. UU., mantenidas en el sistema bancario privado por el Tesoro, también retiran saldos del uso privado, pero sin menguar el balance de los bancos, evitando así la necesidad de repos para restablecer los ratios de liquidez. El efecto operativo es el mismo: los actores privados tienen menos efectivo disponible. De ahí que los saldos TTL desaparezcan en la consolidación, cancelados por saldos de liquidación iguales y opuestos. Esta consolidación pone de relieve el error analítico de Lavoie (2024): confundir la forma con el fondo.
[9] Los tribunales están legalmente obligados a dar la razón al acreedor y ordenarán al Tesoro que realice los pagos. Esto es una cuestión estatutaria, no contractual, y, de nuevo, se refiere al orden constitucional en muchas, si no en la mayoría, de las jurisdicciones, como en el caso del artículo 4 de la Decimocuarta Enmienda en EE. UU. o la Ley de Préstamos Nacionales de 1968 en el Reino Unido.
[10] Por lo tanto, si bien un impago político es teóricamente posible, derivado de restricciones legales autoimpuestas, como los topes de deuda o las prohibiciones de sobregiro, se trata de decisiones institucionales contingentes y mutables, más que de necesidades económicas operativas. Los recurrentes debates sobre el techo de la deuda estadounidense ejemplifican estas decisiones políticas. Si bien son potencialmente catastróficas para el sistema de pagos y posiblemente violan la constitución de un país, estas acciones no tienen un efecto restrictivo significativo sobre la capacidad operativa de pago. Nunca podrán aplicarse de forma significativa contra un mandato político en ninguna jurisdicción donde el equipo físico que opera el banco central permanezca dentro de ella.
[11] Teniendo en cuenta que un impago es en realidad una decisión política para gravar a los tenedores de bonos con el 100% de sus tenencias en origen. En última instancia, obtener moneda del gobierno para pagar impuestos, directa o indirectamente, es la alternativa a que el gobierno confisque sus activos y su libertad. Si bien sigue siendo la opción más económica, obtener la moneda es lo que la gente hará.
[12] En 2015, la capacidad del Banco Central Helénico para actuar según la voluntad del pueblo griego se vio gravemente limitada, ya que funciona más como un banco central virtual, basado en la infraestructura física del Eurosistema, controlada por Alemania e Italia. Esto imposibilitó logísticamente la introducción unilateral de un «euro griego».
[13] “Siguiendo el enfoque de Godley/Lavoie para el modelado de SFC en economías abiertas, si el tipo de cambio nominal flota, puede escribirse como el precio que compensa el mercado de bonos doméstico” (Mazier y Valdecantos 2019).
[14] Siempre existe una fuente de demanda para cualquier moneda y, por lo tanto, una posible vía de intercambio financiero, ya que hay personas que deben pagar impuestos con esa moneda. Esta es una de las razones por las que los analistas de la TMM tienden a proponer una base imponible amplia, no transaccional e invariable a lo largo del ciclo.
[15] La forma y el alcance de una zona monetaria en relación con la jurisdicción física del emisor de dicha moneda es el punto de vista alternativo a las «jerarquías monetarias».
[16] La Isla de Man, Gibraltar e Irlanda del Norte siguen estando «esterlinizados», por ejemplo, a pesar de su proximidad a la eurozona y de contar con sus propios Tesoros Públicos.
[17] Por ejemplo, nadie ha ido nunca al supermercado con pesos chilenos para comprar uvas importadas de Chile.
